ENCIENDE UNA LUZ: 24 EMISIÓN SEGUNDA TEMPORADA “ALGUNOS APUNTES SOBRE LA PAZ EN COLOMBIA”


Vigésimo cuarto programa de la segunda temporada de “Enciende una Luz”, del 25 de agosto de 2016, sobre “Paz en Colombia”. Programa #52 desde el inicio del espacio.

Con el Rvdo.  Nelson Celis.

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COMUNICADO DE DIPAZ FRENTE AL ACUERDO FINAL ENTRE LAS FARC Y EL GOBIERNO COLOMBIANO


Bogotá, 24 de agosto de 2016

EL DIÁLOGO INTERECLESIAL POR LA PAZ, DIPAZ, CELEBRA CON GOZO Y ESPERANZA EL LOGRO DEL ACUERDO FINAL, INTEGRAL Y DEFINITIVO ENTRE EL GOBIERNO NACIONAL Y LAS FARC-EP

¡Por eso es que hoy tenemos esperanza!

“El Señor juzgará entre las naciones y decidirá los pleitos de pueblos numerosos. Ellos convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. Ningún pueblo volverá a tomar las armas contra otro ni a recibir instrucción para la guerra”. Isaías 2:4 (DHH).

¡El tiempo de convertir nuestras armas en instrumentos de paz ha llegado! ¡La promesa bíblica es un anticipo de este acontecimiento esperanzador que significa el logro de un acuerdo final entre el Gobierno Nacional y la Guerrilla de las FARC-EP! ¡Por eso es que hoy tenemos Esperanza!

Valoramos el compromiso y la persistencia de las delegaciones del gobierno colombiano y las FARC-EP por alcanzar un acuerdo que de fin a la confrontación armada. Poner fin a esta confrontación de más de 50 años representa un paso fundamental para encaminarnos como sociedad colombiana hacia procesos de Verdad y Justicia, Antimilitarismo, Noviolencia y Reconciliación. Por eso como DiPaz interpretamos el logro de un acuerdo final como un signo de los tiempos, como un momento oportuno, como una Buena Noticia que nos conduce hacia la transformación del conflicto en Colombia. ¡Por eso es que hoy tenemos esperanza!

Ha finalizado la etapa de conversaciones y ahora nos aguarda la implementación de los acuerdos, aquella experiencia que procura la vida plena, donde la mesa compartida este servida para todos y todas en cada región y territorio de nuestra Colombia, sin exclusiones ni discriminaciones, sin violaciones de derechos, sin revictimizaciones y sin atentar contra nuestra única casa común, don de dones, nuestra madre tierra. ¡Por eso es que hoy tenemos esperanza!

Afirmar este día histórico pone de manifiesto la necesidad de ir por más y lograr así que el Gobierno Nacional y el Ejército de Liberación Nacional, ELN, instalen la mesa de conversaciones. Como DiPaz reiteramos nuestro llamado a la partes para hacer esto posible cuanto antes. ¡Por eso es que hoy tenemos esperanza!

En el camino que sigue con la implementación de los acuerdos reafirmamos nuestro rol profético de anuncio de las buenas nuevas como iglesias y organizaciones basadas en la fe. Como parte de la sociedad civil colombiana, conscientes somos que el posacuerdo demandará todo nuestro esfuerzo y compromiso como acompañantes y veedores que exigen la implementación de lo acordado. ¡Por eso es que hoy tenemos esperanza!

¡Sí a los acuerdos logrados!

Diálogo Intereclesial por la Paz, DiPaz

https://dipazcolombia.wordpress.com/ Emal: dipazcol@gmail.com Twitter: @DiPazColombia Facebook: DiPaz Tel: 2326080; 3178933358

“… QUEDAS LIBRE DE TU ENFERMEDAD”


LUCAS 13:10-17 (Reflexión del Rev. Nelson Celis)

Texto:

10 Un día de reposo, Jesús estaba enseñando en una sinagoga, 11 y allí estaba una mujer que hacía ya dieciocho años sufría de un espíritu de enfermedad. Andaba encorvada, y de ninguna manera podía enderezarse. 12 Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» 13 Y en el mismo instante en que Jesús puso las manos sobre ella, la mujer se enderezó y comenzó a glorificar a Dios.14 Pero el jefe de la sinagoga se enojó porque Jesús la había sanado en el día de reposo, así que le dijo a la gente: «Hay seis días en los que se puede trabajar. Para ser sanados, vengan en esos días; pero no en el día de reposo.» 15 Entonces el Señor le dijo: «Hipócrita, ¿acaso cualquiera de ustedes no desata su buey, o su asno, del pesebre y lo lleva a beber, aun cuando sea día de reposo? 16 Y a esta hija de Abrahán, que Satanás había tenido atada durante dieciocho años, ¿no se le habría de liberar, aunque hoy sea día de reposo?» 17 Ante estos razonamientos de Jesús, todos sus adversarios quedaron avergonzados, pero todo el pueblo se alegraba de las muchas maravillas que él realizaba.

Detalles a resaltar:

– Día de reposo (equivale a sábado)

– La escena ocurre en una sinagoga

– mujer encorvada hace 18 años

– Jesús estaba enseñando

– Jesús “vio”, “llamó”, habló liberándola de la enfermedad, “puso las manos sobre” la mujer

– Mujer se enderezó, comenzó a glorificar a Dios

– Jefe de la sinagoga se enojó, reprochó a la gente

-Jesús responde al jefe con fuerza

– Adversarios de quedaron avergonzados

– El pueblo se alegraba de las maravillas que Jesús realizaba

Reflexión:

Muchas situaciones vivimos como personas, en las que se confrontan nuestra fe en Cristo el Señor y la realidad que nos circunda.  No todo lo que vemos y oímos es esperanzador; no todo lo que acontece en nuestra historia es justamente lo que esperamos. Mas aún en medio de aquello que nos desconcierta, de las realidades que desbordan nuestra capacidad de respuesta, de nuestras mismas necesidades no resueltas, se presenta siempre la posibilidad de que Dios nos sorprenda con su mirada puesta en nosotros, su voz llamándonos y sus manos prestas para sanarnos de nuestros males y liberarnos de nuestras cargas.  No importa cuánto tiempo hace que “cargamos” con nuestros vacíos, o si atravesamos una etapa de nuestra vida en la que las circunstancias no parecen beneficiarnos; no importa si lo que enfrentamos, ante los ojos de los otros o incluso los propios, no tiene resolución:  El Señor está ahí, presente, activo, presto para ver nuestra realidad y actuar, como nos lo recuerda el salmista (Salmo 103:3-6): El Señor perdona todas nuestras maldades, y sana todas nuestras dolencias, nos rescata de la muerte, y nos colma de favores y de su misericordia, nos sacia con los mejores alimentos
para que renovemos nuestras fuerzas, como el águila; Él imparte justicia y defiende
a todos los que sufren por la violencia
.

La historia de la mujer narrada en el Evangelio de Lucas, nos pone frente a la cruda realidad de quien ha perdido del horizonte de su proyecto de vida, la esperanza de ser parte e integrarse plenamente a la sociedad.  Además de la triste realidad de padecer a causa de una condición que día a día le reduce más, la mujer de la historia ha perdido la esperanza de recuperarse, pues son ya 18 años desde que vive de este modo y nada parece cambiar en sentido favorable; de hecho, ni siquiera pide al Maestro, al único que puede ayudarla, que lo haga.  Encorvada en su propia miseria, reducida ante la mirada de la sociedad, acostumbrada ya a no tener otro horizonte que sus propios pies y el suelo que pisan, ¿que podría desear o soñar esta mujer diferente a su sanidad?, sin embargo, nada hay que, después de 18 años de vivir así, le lleve a pensar que todo podría ser diferente.  No es que no sueñe, no es que no trace planes para el futuro, no es que no crea en la posibilidad de vivir mejor, pero su historia y la carga de las últimas dos décadas le han robado el brillo de sus ojos y le han convencido de que para ella no habrá posibilidad de ver de nuevo hacia el frente, de mirarse fijamente al espejo, de encontrar su mirada con otros ojos que le transmitan amor.  Ella camina por la vida, en el ahora, en el paso que está por dar, cargada de su pasado, encorvada por la curiosa mirada de quienes caminan a su lado pero que no le pueden ayudar a incorporarse, a asumir una posición más digna.

La historia de la mujer encorvada, es la historia de muchos en nuestra sociedad, el relato de un sinfín de encorvados, por los señalamientos, reducidos por los prejuicios de que son víctimas, aplastados por el rechazo de quienes les ven como diferentes, quienes les juzgan por la condición que viven, pero no se atreven a acercarse para verlos a los ojos y comprender su historia.  Cada vez más encorvados, incapaces de ver a los otros, desposeídos de su dignidad, encerrados en su limitado universo, con la carga interior de estar en medio de otras personas, que los consideran un estorbo.  Hace falta quien les lleve a levantar el rostro, quien les acoja aunque no les pueda sanar, quien les reconozca como semejantes con amor y sin prejuicio.

El Señor a través del profeta Isaías (58:9b-10) dice: Si quitas de tu medio el yugo, el dedo amenazador, y el lenguaje hueco; y si compartes tu pan con el hambriento y satisfaces el hambre de los afligidos, entonces tu luz brillará entre las tinieblas, y la oscuridad que te rodea será como el mediodía; advirtiéndonos así que, frente a los miles de “encorvados” estamos en medio de una oscuridad intensa que sólo será disipada cuando quitemos los prejuicios que nos atan, dejemos de señalar y juzgar y nos hagamos ofrenda y comunión para quien se encuentra afligido.  ¿Piensa cuántas personas se han cruzado últimamente en tu camino a quienes por su condición has rechazado o incluso invisibilizado para no comprometerte con su historia? ¿qué cosas te llevan a ti mismo/a a estar encorvado/a y perder el horizonte de tus sueños, de tu vida?

El relato del Evangelio, que nos hace ver a la mujer en su desgracia, nos pone también en escena su única posibilidad de transformación, su única oportunidad de salvación, que es también la nuestra: un Dios que nos ve, nos llama y nos libera de nuestra carga con su toque amoroso.  Pero entre Él y la mujer encorvada, entre Él y nosotros, está también la mirada desenfocada de otros que nos consideran inoportunos, quienes no ven el milagro que Dios está obrando, sino la transgresión a lo establecido, la prevalencia de la ley y el yugo, frente a la compasión.  Personas que fácilmente juzgan porque no logran entender la condición del otro, ni la acción de quien si le ha reconocido y busca redignificarlo. Cabe aquí recordar la dura reacción de Jesús, ante personas como estas: Pero ¡ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque le niegan a la gente la entrada al reino de los cielos, y ni ustedes entran, ni tampoco dejan entrar a los que quieren hacerlo (Mt 23:13).

Recientes acontecimientos en nuestra patria, nos ponen de manifiesto cómo estorban para la edificación del Reino entre nosotros, quienes alzan el dedo para juzgar -sin que tengan autoridad para hacerlo-, emiten sentencias y hasta acuden a las Sagradas Escrituras para impedir la gracia a otros, gracia que sólo el Señor tiene potestad de conferir y que da sin distinción; personas que no tienen reparo en excluir y estigmatizar a los diversos “encorvados” de la sociedad, pero que nunca han tenido el coraje de mirarles a los ojos y descubrir en ellos la mirada del mismo Cristo; les encorvan cada día más y sobre ellos ponen el peso de la ley, cuando podrían levantarles con la fuerza invencible del amor.  No comprenden el obrar de Dios, pero presumen de conocer y aplicar su ley: estos no han querido aceptar la invitación del Señor que les dice: Vengan a mí todos ustedes, los agotados de tanto trabajar, que yo los haré descansar. Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma; porque mi yugo es fácil, y mi carga es liviana (Mt 11:29-30) y tampoco permiten que otros accedan a tal invitación.

Mas el Cristo vivo, ve, llama, toca, libera y devuelve la salud integral a quien, aun sin pedírselo, permite que Él obre y esto lo hace por encima de los que ponen obstáculos a la gracia, de quienes viven la triste esclavitud de una ley que pretenden cumplir sin comprender, y que siendo ellos mismos encorvados, no se reconocen como tales, pero en medio de sus retorcidos prejuicios sólo les alcanza la vista para identificar la paja en el ojo ajeno (Cf. Lc 6:41ss), estos que por su hipocresía, serán avergonzados.  El mismo Señor, nos reconoce como hermanos, miembros de la misma familia, endereza nuestra vida para que le demos gloria y le alabemos, superando las limitaciones de la ley deshumanizada y poniendo nuestra vida en el plano de la vivencia de la gracia.  La abundancia del amor de Dios alcanza para reconstruir nuestro proyecto de vida, levantarnos en dignidad el rostro para que le veamos y nuestra mirada repose de nuevo en el horizonte de plenitud que de su Reino nos quiere mostrar.  No más ver a pocos centímetros de nuestros ojos, con la limitada trayectoria de nuestros pasos, Él quiere que le veamos haciendo caminos y llevándonos a recorrerlos, quiere que su plan sea el nuestro, su voluntad lo que vivamos.  No importa cuántas miradas se posen sobre nosotros para juzgarnos, importa sólo la mirada de Cristo para rescatarnos.  No tienen peso los juicios que pesan sobre nosotros por parte de nuestros “hermanos”, importa sólo la misericordia de nuestro verdadero Hermano, Hijo del Padre que nos ha adoptado.  Nada nos hará encorvar de nuevo sobre nuestro propio pecado: ¡Cristo nos libera y endereza para seguir sus pasos!

Sabiendo que nadie puede limitar la gracia de Dios, la cual es derramada por igual sobre todos, los que están dentro de la iglesia y los que están fuera, incluso de la misma comunión de fe, ¿qué actitud asumiremos en adelante como cristianos/as frente al llamado del Señor a acoger y recibir a los más pequeños, a no juzgar, pues no nos ha sido concedida la autoridad para hacerlo, a dejar la hipocresía y ver por encima del pecado del ser humano la gracia que le es dada y el dador de ésta? ¿cómo ayudaremos a reencausar la iglesia para que sea efectivamente sal y luz del mundo y dé testimonio de Aquél que nos ha llamado de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida?

El Evangelio proclamado hoy concluye invitándonos, además, a no ser parte de los adversarios de Cristo, los que han de ser avergonzados, sino como su pueblo, alegrarnos de las muchas maravillas que realiza en nuestra vida. ¿Nos mueve en verdad y estamos dispuestos a dejarnos liberar y enderezar por el Señor o nos resulta más cómodo continuar poseídos por el espíritu de enfermedad que nos agobia y seguir en la vida encorvados?

El Dios de la vida, que ha puesto sus ojos en los corazones quebrantados, en los excluidos y rechazados, en las humanidades encorvadas y que llama con voz compasiva para tocar la vida entera de quienes están doblegados y enderezarlos, nos resulte cercano para que acojamos su gracia y obremos conforme a su modo de ser y actuar, en su nombre lo proclamamos. Amén.

 

“Vine a traer fuego a la tierra…”


LUCAS 12:49-56 (Reflexión por el Rev. Nelson Celis)

¿Nos hemos preguntado alguna vez lo que significa para nosotros seguir a Cristo, ser parte de la iglesia, creer y trabajar en el proyecto del Reino? ¿A qué cosas hemos renunciado, qué hemos dejado de hacer, qué cambios hemos tenido que realizar?  De seguro es más que tener que madrugar cada domingo para asistir a culto, o trasnochar cuando asistimos a un estudio bíblico nocturno.  Es más que separar algún dinero de nuestro salario para dar la ofrenda, apoyar la cafetería y cubrir los costos de desplazamiento hacia la iglesia.  ¡Y es que si no lo fuera, realmente sería muy pobre y triste nuestra vida cristiana!

Y en una época como la que vivimos, con tanta persecución a causa de expresar lo que se piensa o cree, públicamente; con tan fuertes tendencias hacia la polarización del pensamiento y de la vida misma y en medio de tantos fanatismos lejanos del deseo de Cristo de que vivamos en unidad y que nos amemos unos a otros, no está de más pensar que algún grado de dificultad habrá de conllevar seguir los pasos del Maestro.

Ahora bien, si hoy en día resulta difícil vivir la fe en Cristo, aun cuando se habla tanto y en tantos escenarios – incluida la misma iglesia-, de Derechos Humanos, de libertad de culto y credo, de libre desarrollo de la personalidad, de respeto por la diferencia, de no discriminación, y muchas otras cosas que los cristianos mismos predicamos cuando recordamos que “Dios no hace acepción de personas” (Ro 2:11; Hch 10:34; Ga 2:6; Ef 6:9), pero que la mayoría de veces no aplicamos, a pesar de estar ligadas con nuestra identidad de discípulos y discípulas, hermanos todos en Cristo, hijos del mismo Padre; ¡cuánto más habrá resultado difícil, por no decir arriesgado, seguir a Cristo y su enseñanza en el tiempo que desarrolló su ministerio!

Quienes hicieron opción por el Evangelio, evidentemente vivieron conflictos y división: con sus familias, con sus vecinos, con las instituciones religiosas y políticas y hasta con su propia conciencia, que les empujaba a aceptar la salvación en Cristo, incluso a costa de su propia vida, como lo expresa el mismo Evangelio según San Lucas (9:24), en palabras de Jesús: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá, y todo el que pierda su vida por causa de mí, la salvará.”   El seguimiento de Cristo, implicaba cuestionar lo establecido y a quienes usaban la ley para oprimir, pero no la ponían por obra, antes bien, terminaban por volverse estorbo para los demás, como lo evidencia Jesús en Mt 23:13: “¡ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque le niegan a la gente la entrada al reino de los cielos, y ni ustedes entran, ni tampoco dejan entrar a los que quieren hacerlo.”

Ser judío y seguir a Jesús, un rabino itinerante que se rodeaba de personas con mala fama, comía con ellos, se dejaba tocar por y tocaba a personas impuras, y además predicaba un mensaje de perdón, aceptación de todos y amor, incluso a los enemigos, tendría que tener consecuencias funestas. Pertenecer a un pueblo diferente del judío y seguir a un rabino judío que cumple las leyes de su nación, pero que cuestiona cómo éstas lesionan al ser humano y se convierten en una carga, que anuncia un mensaje de inclusión a pesar de pertenecer a un pueblo excluyente, que enseña principios universales de comunión y tolerancia, tendría que resultar poco convencional, sorprendente y hasta generar justificada desconfianza.

Adicionalmente, seguir a Jesús, movía a cambiar el modo de creer, asumir a Dios como Padre y cercano e incluso asumir nuevos valores, cambiar de perspectiva frente al otro, rechazar la tentación de juzgar, aceptar como hermano a todo aquél que cumple la voluntad del Padre, en fin, seguir a Jesús conllevaba una nueva forma de vida: la misma asumida por Él.

Y es que además, Jesús con su ministerio desafía los valores tradicionales y rompe con las estructuras y estilos de vida dominantes, siendo fiel hasta la muerte, aunque esto le traiga angustia (Lc 12:50) y para quienes le siguen signifique subordinar los lazos familiares a los valores del Reino. De ahí que confesar a Jesús trae división, conflicto, peligro, y esto parece paradójico tratándose de aquél a quien el profeta Isaías llama “Príncipe de paz” (Is 9:6).

Lamentablemente, el dilema que representa para los contemporáneos de Jesús seguirlo, no pareciera ser el de los cristianos de nuestro tiempo. Y habría que preguntarnos si somos capaces de vivir el Evangelio como Cristo, asumiendo todos los riesgos; si nos hemos enfrentado realmente a divisiones en nuestro hogar por ser coherentes con los valores del Reino, si el fuego del Espíritu Santo que recibimos en el bautismo, está ardiendo en nuestra vida, en nuestras relaciones, en el ministerio que desarrollamos, o si más se asemeja a la lánguida llama de una vela… eléctrica, que ni siquiera calienta.

Algunos cristianos hablan de Cristo, sólo en clave de una vida futura, de un “más allá” esperanzador, pero ajeno al tiempo presente, al hoy y al ahora, que es donde se debate nuestra existencia; al aquí y en este lugar, que es donde nos hacemos prójimos, donde vivimos el amor, donde Cristo reclama un vaso de agua, vestido, consuelo y compañía.  Por eso, Jesús cuestiona la habilidad que tenemos para discernir el aspecto del cielo y de la tierra (Lc 12:56), pero no el tiempo presente, ¡ojo! no sólo el futuro, sino el ahora, es lo que ha de interesarnos en principio, en el seguimiento de Cristo, pues sólo así, en el presente vivimos recibiendo y haciendo uso de su gracia que alcanza para siempre.  Muchas de nuestras oraciones, prácticas y rituales están por fuera de tiempo y no dicen nada frente al sufrimiento del mundo, frente a la pobreza y el hambre, frente a las persecuciones por tan variados motivos, más bien, parece que nuestra vida de fe estuviera restringida al ensimismamiento, hasta que aparece un motivo para alzar la mano, extender el dedo y señalar y juzgar a otros, incluso con la Biblia en la otra mano.  Como sabemos que somos justificados por Cristo y lo profesamos en el calor de la iglesia, caemos en una piadosa indolencia y nos ubicamos en la posición de los puros y santos, escogidos y selectos, librados del fuego eterno, que no mueven un dedo para ser prójimos de quienes lo requieren, pero sí para señalar los pecados ajenos. Ante esa actitud, Cristo nos da un apelativo: “¡Hipócritas!” (Lc 12:56), pues asumimos lo que nuestro estimado pastor Bonhoeffer habría de llamar “gracia barata”.

Sin embargo, la idea no es restregarnos en el rostro nuestra ineptitud como cristianos a medias, sino repensarnos en el seguimiento y discipulado, fijar la mirada en Jesús, quien murió en la cruz, como dice la carta a los Hebreos (12:2), asumiendo, además, las indicaciones del Salmo 82 que nos demanda defender a los pobres y a los huérfanos, hacer justicia y liberar a los afligidos, menesterosos y necesitados, y ponerlos a salvo del poder del pecado.  Para esto es necesario, partir de reflexionar sobre cómo hacer más productiva nuestra participación en la iglesia, el tiempo que compartimos antes, durante y después del culto; cómo no sólo creer en Cristo, sino también vivir como Él en medio de nuestra realidad, partiendo de la casa, el trabajo, la iglesia, para impactar la sociedad. También ver en qué medida, Cristo y su fuego transformador y purificador nos lleva a participar de la vida de la iglesia no como una obligación, sino como el escenario donde al compartir mi fe me animo, animo a otros, me preparo para enfrentar el mundo y hacer la diferencia en él.

Seguir a Cristo, de seguro traerá división a muchas dimensiones de nuestra vida, -y es necesario que así suceda para permitir el cambio que Dios quiere obrar en nuestra vida-, pero traerá también gozo y alegría, paz y reconciliación si nos identificamos con Él y con su anuncio, si respondemos a su llamado de ser voz profética que sabe leer los signos de los tiempos y no se queda de brazos cruzados, si le escuchamos y confiamos cuando dice: “Mi palabra es como el fuego; ¡es como un mazo que parte las piedras!” (Jr 23:29) y que agrega “Yo he venido para traer fuego al mundo, y ¡cómo me gustaría que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12:49); si somos capaces de asumir la misión a la que nos ha llamado, juzgando por nosotros mismos lo que es justo (Lc 12:57) para que posibilitemos lo que anuncia el profeta Isaías cuando dice que “La justicia hará posible la paz; la justicia redundará en reposo y seguridad para siempre.” (Is 32:17).  ¿Nos animamos a seguirle siendo bautizados con el bautismo con el que Él fue bautizado? (Lc 12:50; Mc 10:38-39).  Si es así, digámosle “¡Levántate, oh Dios, y juzga la tierra! ¡Tuyas son todas las naciones!” (Sal 82:8).