“Vine a traer fuego a la tierra…”


LUCAS 12:49-56 (Reflexión por el Rev. Nelson Celis)

¿Nos hemos preguntado alguna vez lo que significa para nosotros seguir a Cristo, ser parte de la iglesia, creer y trabajar en el proyecto del Reino? ¿A qué cosas hemos renunciado, qué hemos dejado de hacer, qué cambios hemos tenido que realizar?  De seguro es más que tener que madrugar cada domingo para asistir a culto, o trasnochar cuando asistimos a un estudio bíblico nocturno.  Es más que separar algún dinero de nuestro salario para dar la ofrenda, apoyar la cafetería y cubrir los costos de desplazamiento hacia la iglesia.  ¡Y es que si no lo fuera, realmente sería muy pobre y triste nuestra vida cristiana!

Y en una época como la que vivimos, con tanta persecución a causa de expresar lo que se piensa o cree, públicamente; con tan fuertes tendencias hacia la polarización del pensamiento y de la vida misma y en medio de tantos fanatismos lejanos del deseo de Cristo de que vivamos en unidad y que nos amemos unos a otros, no está de más pensar que algún grado de dificultad habrá de conllevar seguir los pasos del Maestro.

Ahora bien, si hoy en día resulta difícil vivir la fe en Cristo, aun cuando se habla tanto y en tantos escenarios – incluida la misma iglesia-, de Derechos Humanos, de libertad de culto y credo, de libre desarrollo de la personalidad, de respeto por la diferencia, de no discriminación, y muchas otras cosas que los cristianos mismos predicamos cuando recordamos que “Dios no hace acepción de personas” (Ro 2:11; Hch 10:34; Ga 2:6; Ef 6:9), pero que la mayoría de veces no aplicamos, a pesar de estar ligadas con nuestra identidad de discípulos y discípulas, hermanos todos en Cristo, hijos del mismo Padre; ¡cuánto más habrá resultado difícil, por no decir arriesgado, seguir a Cristo y su enseñanza en el tiempo que desarrolló su ministerio!

Quienes hicieron opción por el Evangelio, evidentemente vivieron conflictos y división: con sus familias, con sus vecinos, con las instituciones religiosas y políticas y hasta con su propia conciencia, que les empujaba a aceptar la salvación en Cristo, incluso a costa de su propia vida, como lo expresa el mismo Evangelio según San Lucas (9:24), en palabras de Jesús: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá, y todo el que pierda su vida por causa de mí, la salvará.”   El seguimiento de Cristo, implicaba cuestionar lo establecido y a quienes usaban la ley para oprimir, pero no la ponían por obra, antes bien, terminaban por volverse estorbo para los demás, como lo evidencia Jesús en Mt 23:13: “¡ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque le niegan a la gente la entrada al reino de los cielos, y ni ustedes entran, ni tampoco dejan entrar a los que quieren hacerlo.”

Ser judío y seguir a Jesús, un rabino itinerante que se rodeaba de personas con mala fama, comía con ellos, se dejaba tocar por y tocaba a personas impuras, y además predicaba un mensaje de perdón, aceptación de todos y amor, incluso a los enemigos, tendría que tener consecuencias funestas. Pertenecer a un pueblo diferente del judío y seguir a un rabino judío que cumple las leyes de su nación, pero que cuestiona cómo éstas lesionan al ser humano y se convierten en una carga, que anuncia un mensaje de inclusión a pesar de pertenecer a un pueblo excluyente, que enseña principios universales de comunión y tolerancia, tendría que resultar poco convencional, sorprendente y hasta generar justificada desconfianza.

Adicionalmente, seguir a Jesús, movía a cambiar el modo de creer, asumir a Dios como Padre y cercano e incluso asumir nuevos valores, cambiar de perspectiva frente al otro, rechazar la tentación de juzgar, aceptar como hermano a todo aquél que cumple la voluntad del Padre, en fin, seguir a Jesús conllevaba una nueva forma de vida: la misma asumida por Él.

Y es que además, Jesús con su ministerio desafía los valores tradicionales y rompe con las estructuras y estilos de vida dominantes, siendo fiel hasta la muerte, aunque esto le traiga angustia (Lc 12:50) y para quienes le siguen signifique subordinar los lazos familiares a los valores del Reino. De ahí que confesar a Jesús trae división, conflicto, peligro, y esto parece paradójico tratándose de aquél a quien el profeta Isaías llama “Príncipe de paz” (Is 9:6).

Lamentablemente, el dilema que representa para los contemporáneos de Jesús seguirlo, no pareciera ser el de los cristianos de nuestro tiempo. Y habría que preguntarnos si somos capaces de vivir el Evangelio como Cristo, asumiendo todos los riesgos; si nos hemos enfrentado realmente a divisiones en nuestro hogar por ser coherentes con los valores del Reino, si el fuego del Espíritu Santo que recibimos en el bautismo, está ardiendo en nuestra vida, en nuestras relaciones, en el ministerio que desarrollamos, o si más se asemeja a la lánguida llama de una vela… eléctrica, que ni siquiera calienta.

Algunos cristianos hablan de Cristo, sólo en clave de una vida futura, de un “más allá” esperanzador, pero ajeno al tiempo presente, al hoy y al ahora, que es donde se debate nuestra existencia; al aquí y en este lugar, que es donde nos hacemos prójimos, donde vivimos el amor, donde Cristo reclama un vaso de agua, vestido, consuelo y compañía.  Por eso, Jesús cuestiona la habilidad que tenemos para discernir el aspecto del cielo y de la tierra (Lc 12:56), pero no el tiempo presente, ¡ojo! no sólo el futuro, sino el ahora, es lo que ha de interesarnos en principio, en el seguimiento de Cristo, pues sólo así, en el presente vivimos recibiendo y haciendo uso de su gracia que alcanza para siempre.  Muchas de nuestras oraciones, prácticas y rituales están por fuera de tiempo y no dicen nada frente al sufrimiento del mundo, frente a la pobreza y el hambre, frente a las persecuciones por tan variados motivos, más bien, parece que nuestra vida de fe estuviera restringida al ensimismamiento, hasta que aparece un motivo para alzar la mano, extender el dedo y señalar y juzgar a otros, incluso con la Biblia en la otra mano.  Como sabemos que somos justificados por Cristo y lo profesamos en el calor de la iglesia, caemos en una piadosa indolencia y nos ubicamos en la posición de los puros y santos, escogidos y selectos, librados del fuego eterno, que no mueven un dedo para ser prójimos de quienes lo requieren, pero sí para señalar los pecados ajenos. Ante esa actitud, Cristo nos da un apelativo: “¡Hipócritas!” (Lc 12:56), pues asumimos lo que nuestro estimado pastor Bonhoeffer habría de llamar “gracia barata”.

Sin embargo, la idea no es restregarnos en el rostro nuestra ineptitud como cristianos a medias, sino repensarnos en el seguimiento y discipulado, fijar la mirada en Jesús, quien murió en la cruz, como dice la carta a los Hebreos (12:2), asumiendo, además, las indicaciones del Salmo 82 que nos demanda defender a los pobres y a los huérfanos, hacer justicia y liberar a los afligidos, menesterosos y necesitados, y ponerlos a salvo del poder del pecado.  Para esto es necesario, partir de reflexionar sobre cómo hacer más productiva nuestra participación en la iglesia, el tiempo que compartimos antes, durante y después del culto; cómo no sólo creer en Cristo, sino también vivir como Él en medio de nuestra realidad, partiendo de la casa, el trabajo, la iglesia, para impactar la sociedad. También ver en qué medida, Cristo y su fuego transformador y purificador nos lleva a participar de la vida de la iglesia no como una obligación, sino como el escenario donde al compartir mi fe me animo, animo a otros, me preparo para enfrentar el mundo y hacer la diferencia en él.

Seguir a Cristo, de seguro traerá división a muchas dimensiones de nuestra vida, -y es necesario que así suceda para permitir el cambio que Dios quiere obrar en nuestra vida-, pero traerá también gozo y alegría, paz y reconciliación si nos identificamos con Él y con su anuncio, si respondemos a su llamado de ser voz profética que sabe leer los signos de los tiempos y no se queda de brazos cruzados, si le escuchamos y confiamos cuando dice: “Mi palabra es como el fuego; ¡es como un mazo que parte las piedras!” (Jr 23:29) y que agrega “Yo he venido para traer fuego al mundo, y ¡cómo me gustaría que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12:49); si somos capaces de asumir la misión a la que nos ha llamado, juzgando por nosotros mismos lo que es justo (Lc 12:57) para que posibilitemos lo que anuncia el profeta Isaías cuando dice que “La justicia hará posible la paz; la justicia redundará en reposo y seguridad para siempre.” (Is 32:17).  ¿Nos animamos a seguirle siendo bautizados con el bautismo con el que Él fue bautizado? (Lc 12:50; Mc 10:38-39).  Si es así, digámosle “¡Levántate, oh Dios, y juzga la tierra! ¡Tuyas son todas las naciones!” (Sal 82:8).

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